Una flor una leyenda ... Amancay

Otra de las flores más bellas y representativas de la Patagonia es, sin dudas, el Amancay. Esta flor se desarrolla perfectamente en los bosques húmedos donde alcanza una altura de un metro y forma verdaderas alfombras doradas. Sus semillas están bien resguardadas en una suerte de cápsula desde la cual se propagarán cuando llegue el momento oportuno. También se adapta a zonas menos húmedas y más soleadas, sin embargo, su desarrollo allí es menor. Si bien la planta brota en septiembre u octubre recién florece a partir del mes de diciembre. Las flores suelen ser intensamente amarillas -aunque también hay de color más anaranjado- y su característica principal es que dos de sus pétalos tienen vistosas estrías rojas. El origen de dichas estrías está relatado en otra fantástica fábula.



A orillas de un correntoso río cordillerano vivía una tribu mapuche cuyo cacique tenía un apuesto hijo llamado Quintral

y a quien le gustaba recorrer la orilla del río cazando y pescando.


En una de sus tantas salidas el joven conoció a una hermosa y sencilla muchacha, llamada Amancay, quien se enamoró

de aquel valiente muchacho al instante de haberlo visto.

Pero la mutua atracción de la pareja se transformó en un amor imposible dado que una muchacha de origen humilde no podía pretender al hijo del cacique.

El tiempo pasó hasta que un día llegó una epidemia que diezmó a la tribu, cayendo enfermo el joven indígena.

Enterada de la situación y viendo que Quintral no mejoraba,

Amancay consultó a la machi y ésta le confió el secreto para que el joven sanara. La cura estaba preparando una infusión de una flor

que sólo crecía en las cumbres heladas.

Amancay sabía el gran peligro que corría ascendiendo a las cumbres

pero su amor por el joven la impulsó a emprender

la temeraria empresa y lograr su cometido.

Feliz de haber alcanzado su objetivo, comenzó el descenso

cuando vio cernirse sobre ella

la figura amenazante de un cóndor

quien le exigió que abandonara la preciada flor.



Ante la negativa de Amancay,

la enorme ave le propuso entonces que dejara su corazón a cambio de la flor

y Amancay aceptó sin titubear.

El rey de las alturas se alejó con el pequeño corazón

entre sus garras

y mientras volaba hacia

su morada fue tiñiendo de rojo el camino con la sangre que manaba del corazón.

Tiempo después, en aquellos lugares regados y vivificados con la sangre de la indiecita crecieron preciosas flores de varios pétalos, bellas como su origen y teñidas con gotas rojas de la sangre que había sido derramada en ofrenda a aquel sentimiento.

De esa manera, la flor pregona un mensaje de amor

por todos los valles y montañas de la cordillera.

1 comentarios:

Marcos Flyer Fly dijo...

Eaaa mi esposa se llama Amancay y la pasamos bien leyendo la historia de su nombre juntitos. saludos amigoides.